Me contó de ocho. Algunas al parecer "no significaban nada" (qué horror decir eso de alguien) No sólo contaba, no. Yo estaba ahí, paciente, dedicada a preguntar, escuchar, entender, tratando de llegar a acuerdos que se respetaban a medias. Comiendo verdades disimuladas, eso sí. No fuese que por serme honesto yo decidiera -en todo mi derecho- irme. Man -ipular. Medias verdades para evitar el riesgo. Eso sí, cuando me tocaba a mí, explosión, niño agredido, llamen a la psicóloga gratuita para que le traduzca. Yo no tenía ocho. Tenía uno. Un año pasé sin verlo, al único. Un año para atreverme. Al final la distancia pagó factura. Obvio. Que su inseguridad esto, que perdón perdón perdón, que no era su intención, que lo entienda. Terapia gratis. Y pronto fui la bruja cruel, poniendo límites para castigarlo, porque -claro- el mundo gira alrededor de su mirrúscula autoestima y si digo no de fijo es para joderlo, JAMÁS para sentirme se...